viernes, 21 de octubre de 2011

Copenhague, un brindis por lo sostenible

El Pais. Enlace directo al artículo.
Usar la bicicleta para ir al colegio o al trabajo en una ciudad donde llueve (o nieva) 170 días al año y donde hasta las mejores mañanas de verano hay que salir con un forro polar atado a la cintura, por si acaso, es algo admirable, algo para lo que hay que tener mucha necesidad o mucha conciencia. Necesidad, en Copenhague, poca. Conciencia, para parar un tren. Impresionado se queda el viajero que viene de España, donde las bicis solo se sacan los domingos que hace sol y 20 grados, al ver con qué cívico empeño pedalean aquí todo el año grandes y pequeños, estudiantes y oficinistas, señoras finas y barrenderos, policías y carteros. Porque no son cuatro ecologistas, sino el 36% de los copenhagueses, los que marchan a sus diarias ocupaciones de esta guisa.

Calles vacías de coches y atestadas de bicis de todas las formas y colores: de paseo, de carreras, de montaña, vintage, tándem, plegables, reclinadas,rickshaws... Las más originales, prácticas y deseadas son las bicis Christiania, bautizadas así en honor delcélebre barrio hippy de la ciudad, donde en 1978 se creó esta versión mejorada del triciclo de reparto, en cuya caja delantera se pueden transportar 100 kilos de lo que sea, desde ladrillos hasta niños.
El visitante de la capital danesa lo tiene fácil: repartidos por el centro hay 110 puestos donde se puede coger prestada una bici introduciendo una moneda de 20 coronas (unos dos euros y medio), como si fuera un carrito de la compra. Para los más concienciados (más aún) está Baisikeli (www.cph-bike-rental.dk) una empresa que las alquila de segunda mano (10,7 euros al día) y que, de las ganancias, envía todos los años 1.200 bicicletas a Tanzania, Sierra Leona y Ghana, donde falta hacen. Baisikeli, en suajili, significa bicicleta.

Otra opción para moverse con la conciencia tranquila es el autobús eléctrico 11A, o CityCirkel (www.citycirkel.dk), que circula con una frecuencia de siete minutos por el centro turístico de Copenhague. Y otra, los taxis con la pegatina CO2-neutral de la compañía Amager Øbro (www.amagerobrotaxi.dk), que no son, como pudiera pensarse, coches a pilas o extremadamente eficientes, sino potentes Mercedes cuyo dueño compra cuotas de emisión de CO2 a otras empresas, igual que los países ricos se las compran a los países pobres. No suena muy lógico (ni ecológico), pero mejor que contaminar sin pagar nada a cambio, sí es.
Que Copenhague apuesta fuerte por lo eco se advierte (donde hasta la web de turismo oficial tiene un apartado específico de propuestas eco), además de en el transporte, en la alimentación. Ecológicos son el 75% de los productos que se consumen en los organismos públicos, récord mundial, y se prevé que la demanda de ellos en el sector privado rebase el 20% en 2015. A esta ola (o más bien tsunami) verde se han subido también comercios, cafés, restaurantes e, incluso, hoteles que presumen de arquitectura sostenible o de neutralizar sus emisiones de CO2 con diferentes estrategias. Pero todo esto, mejor que leerlo, es vivirlo haciendo un par de rutas por la ciudad.

Día 1 Perritos calientes

Partimos del Kong Arthur, un hotel del siglo XIX con comodidades del XXI en la zona de los Lagos (Søerne), y el buque insignia de la cadena Brøchner, una de las primeras del mundo que es CO2-neutral. Todo lo que aquí hacen para reducir el impacto ambiental (luces de bajo consumo, productos orgánicos en el bufet, esconder las toallas...) está muy bien, pero nosotros bajaríamos un poco la calefacción, porque hemos tenido que dormir con la ventana abierta. En la puerta, a nuestra disposición, un par de coches eléctricos y una veintena de bicis. Estas son, sin duda, la mejor opción para callejear. Elegimos una sin cesta. Luego lo lamentaremos.
La marea de ciclistas nos arrastra hacia el centro por la avenida Frederiskborggade, que pasa por delante del flamante mercado Torvehallerne -dos edificios gemelos de cristal, inaugurados el mes pasado, en cuyos 80 puestos se puede comprar desde embutidos orgánicos hasta sal del mar Muerto- y va a morir al pie de la vieja Torre Redonda (Rundetaarn). Justo antes de llegar a esta iglesia, biblioteca y observatorio astronómico del siglo XVII, descubrimos la cabeza de vaca dorada que preside la carnicería Slagteren ved Kultorvet, de género impecable y ecológico. Y justo después, un tenderete con el símbolo ø rojo que garantiza que los perritos calientes que allí se venden son también ecológicos. Cuestan carillos (cinco euros y pico), pero son los mejores que hemos comido. Si desayunar fast food (comida rápida) no entra en nuestros planes, por muy buena y controlada que esté, algo más abajo, en la calle Pilestræde, tenemos el local de comida vegetariana 42º Raw, cuyo nombre lo dice todo: alimentos crudos (raw, en inglés) o cocinados, los pocos que se cocinan, a 42 grados. Zumos, ensaladas, lasañas y pasteles para tomar in situ o para llevar en envases muy monos y biodegradables.
Atravesando el barrio latino, un poco por la comercial Strøget y otro poco a la diabla, acabamos dando con nuestra bici en la plaza del Ayuntamiento y, cruzando esta, en el famoso parque de atracciones Tívoli, el más antiguo del mundo (1843), que, para no ser menos ecológico que el resto de Copenhague, ilumina sus atracciones con la electricidad que produce un generador eólico en las afueras de la ciudad. Cerca, en el Museo Nacional, el restaurante Julian ofrece una cocina respetuosa con el medio ambiente, empleando productos frescos de la región, muchos de ellos biodinámicos. Quien prueba su brunch (entre desayuno y comida), repite. Y en el vecino distrito de Vesterbro, Bio Mio atrae a los forofos de lo ecológico por sus detalles -como las largas mesas de madera certificada o el jabón del lavabo sin productos químicos nocivos- y por sus platos cocinados en woks a la vista del comensal. La verdad es que, salvo la sopa de gambas, los mejillones con crema de coco y la cerveza Økologisk Herslev Bryghel Landøl, todo lo demás que probamos nos deja tibios, tirando a fríos. Para resarcirnos, por la noche volveremos a Vesterbro para cenar de lujo en Kødbyens Fiskebar a base de pescados salvajes.
Nuestro siguiente destino es Islands Bryggen, el Manhattan de Copenhague, una zona portuaria antaño deprimida e incluso peligrosa y hogaño uno de los barrios más caros de la ciudad. La pasarela peatonal y ciclista Bryggebroen forma, junto con la Residencia Gemini -dos silos transformados en apartamentos de lujo-, una de las estampas más sugerentes del Copenhague contemporáneo. Nada más cruzar, doblamos a la izquierda para dirigirnos a la isla de Christianshavn y a Christiania, un lugar que lleva 40 años viviendo de forma independiente ("Está usted entrando en la Unión Europea", reza un letrero a la salida) en terrenos abandonados en su día por el ejército, con su bandera, su himno, sus leyes, sus calles de tierra no aptas para coches, sus casas de madera emboscadas en la espesura ribereña y sus nubes de marihuana. Ecológico es. Y sostenible: ha durado cuatro décadas. El contraste entre esta minirrepública okupa y la fastuosidad de la nueva Opera House, la Casa de la Ópera (caliza del Jura, mármol siciliano, madera de arce, techos de oro...), que se levanta 500 metros más allá, es brutal. En la variedad, según dicen, está el gusto.

Día 2 Cinco jardines y un diamante

Hoy pintan tréboles. O sea, jardines. Provisiones para un posible pic-nic: panes de fábula, cerveza artesanal, shushi, jamón ibérico... en el mercado Torvehallerne, y 120 variedades de queso ecológico en Osten ved Kultorvet. Esta quesería se halla en Rosenborggade, a 200 metros del Konges Have o Jardín de Rey, sobre el que proyecta su alargada sombra el castillo de Ronserborg. Como no dejan montar en bici en el parque, lo atravesamos caminando con la nuestra (que, hoy sí, tiene cesta). No hay prisa.
Del Jardín del Rey saltamos al vecino Botánico; del Botánico, al parque Østre Anlæg, y de este último, cruzando las vías del tren en Osterport, a la Ciudadela (Kastellet). Esta fortificación abaluartada del siglo XVII, en forma de estrella de cinco puntas y tapizada de hierba, con guarnición de rojos barracones, molino de viento y foso en cuyas aguas se duplican los cisnes y la picuda torre de la iglesia de St. Alban, es un lugar precioso para comer, pero si Zeus nubífero lo impide, cerca queda el restaurante BioM (no confundir con Bio Mio), donde todo es ecológico, hasta la pintura de las paredes. Más lejos, aunque tampoco mucho, está Gourmandiet by Night,delicatessen con pequeño comedor para almuerzos mañaneros, brunchs dominicales y cenas orgánicas.
La que está al lado mismo de la Ciudadela es la Sirenita, imán de parejas a las que dejamos jurándose amor eterno mientras nos alejamos hacia el sur pedaleando por la orilla del puerto. Siempre con el agua a mano izquierda, atravesamos Amaliehaven, quinto y último parque de nuestra ruta, donde los turistas que acaban de acribillar a fotos a los guardias del palacio de Amalienborg se asoman para hacer lo propio con la Opera House, que está justo enfrente, en la otra orilla. Enseguida nos tropezamos con el cubo cristalino del nuevo Teatro Real, que rompe con el tipismo de las casas de colores de Nyhavn. En este puertecito de mentirijillas, copado por las terrazas y empedrado de chapas de Carlsberg, quizá lo más auténtico sea la cocina casera, con productos orgánicos de la tierra, de Cap Horn.
Un kilómetro más adelante, en Christians Brygge, la calle atraviesa, y nosotros con ella, elDiamante Negro (un proyecto de los arquitectos daneses Schmidt Hammer y Lassen e inaugurado en 1999). Así le dicen a la moderna extensión de la Biblioteca Real, un edificio negro que salta por encima de la calzada, mediante pasarelas acristaladas, y se torna vestíbulo luminoso en la orilla del mar. Visto desde la bicicleta, semeja una línea de meta gigante. Y es una buena manera de acabar una ruta, atravesando el corazón de un diamante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...